Testimonio: historias personales y políticas
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Me desperté a media noche con la voz asustada de mi mamá entrando a mi cuarto. Detrás de ella venían mis tres hermanos y dos hombres vestidos de negro y con pasamontañas. Afuera se escuchaban más hombres, golpes y sonidos de dolor de mi papá. Luego de buscar sin encontrar cosas de valor, acordaron ir hacia Lima para poder sacar dinero de la caja fuerte de la oficina de mi papá. Vivíamos en Chosica y yo tenía nueve años.
En un carro iría mi papá y en el otro -como rehenes- irían mi mamá y uno de los cuatro hijos. Querían llevarse a Yoel, pero en ese tiempo tenía sólo un año y mi mamá advirtió que no tendría como callarlo si es que lloraba. Yo me ofrecí. Me puse unas zapatillas nuevas que me quedaban grandes y mi uniforme de colegio para después. Uno de los hombres me puso una pistola en la cabeza y caminó conmigo desde mi cuarto hasta el carro. Sólo la sacó durante un breve momento para apuntar a Nota, mi perra que gruñía desde una esquina. Sentí terror al pensar que podrían dispararle frente a mi.
Atravesando la carretera central de madrugada, escuchaba sin entender la conversación entre mi mamá y el hombre que manejaba. Yo estaba abrazada de ella y encorvada en el asiento de atrás. Ella venía de una comida en Lima y estaba vestida elegante, con pantis y una minifalda color hueso. La imagen de la mano del otro hombre que iba con nosotras en la pierna de mi mamá nunca va a salir de mi mente. Tampoco la certeza de mi mamá sacando esa mano y afirmando que no le pondrían un dedo encima.
Esperamos durante el resto de la noche cuadradas en una esquina de Villa María del Triunfo para encontrarnos con el otro carro. Pero estábamos a inicios de los noventas: no había luz ni teléfonos. Unas horas después se acercaron a decirnos que si mi papá no llegaba pronto nos matarían. Cuenta mi mamá que le dije que no me importaba morir porque estaba con ella, pero yo no lo recuerdo. Pasó un rato y nos dejaron ir. También nos dijeron que si llamábamos a la policía tomarían represalias. Cruzamos el vaivén de la Panamericana sur y regresamos a la casa. A mi casa que nunca más volvió a ser la misma, a mi casa que incluso hoy -treinta años después- sigue siendo un lugar de peligro dentro de mi.
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Cuando cumplí 16 e ingresé a la universidad me mudé a la casa de mi abuelo. Vivir en Chosica era complicado con las distancias y fue también una buena excusa para alejarme de mis papás. Fueron cuatro años de un redescubrir la vida acompañada de él, que muy rápidamente se convirtió en una persona fundamental para mi.
Un día mirando las cosas que tenía en su escritorio, encontré unos libros que reunían los trabajos presentados en El Umbral del Milenio, un congreso de psicoanálisis que sucedió en Lima en 1998. En el segundo tomo había un texto que me hizo caer en cuenta de algo que yo sabía difusamente, pero había olvidado: mi abuelo estuvo secuestrado por el MRTA durante ocho meses y un día.
Mi tío Moisés, que es psicoanalista y había organizado el evento, le pidió que contara su experiencia como rehén. Y fue así que sentada en el piso de su casa y leyendo su historia tuve contacto por primera vez con la forma inhumana en la que había sido tratado.
Durante los años que viví con él me fue contando de a pocas algunas escenas. Yo insistía en que era un testimonio que no debía perderse, pero mi abuelo ya había hecho el intento de escribir un libro encargándole la tarea a un periodista y no le había gustado el resultado: estaba lleno de realces, me decía incomodado. Mi insistencia y su amor por mi hicieron que finalmente acepte. Ok -me dijo- haz un intento. Me regaló una pequeña grabadora con su voz contando todas sus historias. También me entregó una caja con el material de su secuestro: artículos de periódico, documentos, fotos y cerca de cuarenta casetes con las conversaciones de lo que fueron esos ocho meses y un día de negociaciones entre mi familia y el MRTA.
Pasé noches enteras despierta escuchando a mi papá negociar la vida de su papá. Era casi tan terrible como leer los apuntes que mi abuelo hizo sobre su tiempo encerrado. Yo terminé escribiendo un libro sobre su vida, algo así como un recuento de lo que habían sido sus entonces noventa años de vida. Escribí sus memorias en primera persona, como si hubieran sido escritas por él, respetando la forma exacta en la que hablaba él. Y si bien recuperé el testimonio del secuestro, no incluí nada de todo lo que estuvo en los márgenes de esa situación.
En ese momento me interesaba mostrar su coraje, su increíble capacidad para sobrevivir estando solo y desnudo metido en un cajón durante todo ese tiempo. Con un brote de herpes en el cuerpo, molestias en los dientes y un oído supurando. Sin lentes que le permitieran ver, con una forma de alimentación que lo hizo perder veinte kilos, torturado por una radio a un volumen insoportable y sin tener acceso a un baño. Era 1991, Perú se encontraba en plena epidemia del cólera y durante esos ocho meses y un día mi abuelo no pudo bañarse ni una sola vez. Yo solo quería mostrar que -para mí- él era un héroe que logró mantenerse vivo incluso pudiéndose matar. Un hombre lleno de sensibilidad que contaba con cariño las conversaciones que tuvo con uno de los camaradas -Carlos- que estuvo a cargo de su cautiverio. Alguien que logró salir de ese infierno sin resentimientos y sintiendo ganas de vivir.
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Mi primer recuerdo político sucedió en el año noventa, cuando empezaba el balotaje entre el Fredemo de Mario Vargas Llosa y Cambio 90 de Alberto Fujimori. Mi familia iba a votar por MVLL y, aunque yo no era consciente de eso todavía, estaba experimentando la primera polarización electoral de todas las que vendrían luego en las segundas vueltas de nuestro país. Viendo televisión me encontré con una propaganda que me hizo sentir un miedo inexplicado: alguien en un mitin le gritaba a una multitud que esa escalerita del Fredemo, así como servía para subir también servía para bajar.
Pasó lo que todos temían en mi familia y Alberto Fujimori ganó las elecciones. Luego cerró el Congreso de la República y cambió la Constitución. Y aunque yo no entendía lo que eso significaba, sí supe entender algo fundamental que empezó a suceder con el nuevo gobierno: las autoridades capturaron a Abimael Guzmán, lo vistieron de rayas y lo pusieron frente a todo el país en lo que me sigue pareciendo un acto que buscaba una forma muy torpe de reparación. También capturaron a Víctor Polay, a Cárdenas Shulte y a tantos otros que con nombre conocido o no, habían aterrorizado mi infancia. Las bombas, las torres caídas a pocas cuadras de mi casa, las tareas con vela y los ruidos que escuchaba cuando me despertaba en las madrugadas empezaban a tener un final. Esos monstruos que tuve de cerca y de lejos comenzaron a desaparecer.
Mi familia se volvió fujimorista y como todos los fujimoristas resaltaban siempre el fin del terrorismo como un gran logro de su gobierno. Mi abuelo decía que no había monumento suficiente para quienes habían traído paz y estabilidad al país. Y más allá de mi círculo familiar, ni la gente de mi colegio experimental ni la que conocí luego en la Universidad de Lima solían mostrarse interesados en los temas políticos del país. De La Marcha de los Cuatro Suyos sólo recuerdo a algunos pocos alumnos incitando a otros a participar. Yo, claramente, fui parte de la mayoría desinteresada.
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Cuando estaba en mi último año de colegio nos llevaron a conocer universidades. Yo me enamoré de la PUCP, pero viviendo tan lejos decidí quedarme satisfecha con mi ingreso a la de Lima. Terminé el pregrado en psicología haciendo un internado clínico que finalmente me llevó a una maestría en la PUCP y a formar parte de la primera promoción de su posgrado en Estudios Culturales. Me sentía en el exacto lugar en el que quería estar en el mundo, pero no me había dado cuenta que ese programa era un proyecto político, uno absolutamente alejado de la familia fujimorista en la que yo había crecido sin prestar mayor atención.
Cuando terminó el primer ciclo fui invitada a escribir un libro de cultura política con un grupo de profesores de Ciencias Sociales. La consigna era reunirse a leer, discutir y escribir sobre un grupo de temas y de autores sobre los que yo nunca pude comentar nada. En medio de todos ellos me sentía lo que era: una completa ignorante de lo que era conocimiento básico de letras para los que estaban ahí. Todos me parecían inteligentes, pero recuerdo que los comentarios de Nelson Manrique solían capturar mi atención de manera particular.
No mucho tiempo después de eso fui a la presentación de un libro en el Crisol: Nos habíamos choleado tanto, de Coqui Bruce. En la mesa de presentación estaban Coqui, Max Hernández y Nelson Manrique. Yo estaba sola y perdida en medio del público escuchando lo que decía cada uno, y en medio de las reflexiones que hacía Nelson de las ideas del libro, una frase atravesó mi cuerpo como pocas cosas lo han hecho: ¡Por favor, basta con leer las declaraciones que ha hecho el empresario Chlimper la semana pasada sobre los estibadores del Callao!
Sentí que me faltaba el aire y que un dolor se extendía desde mi estómago hacia todo mi cuerpo. El profesor que tanto me gustaba había criticado públicamente a mi papá usándolo como un ejemplo de racismo. Sentía vergüenza y también rabia, ganas de decir algo sin saber qué, pero no hice nada, ni siquiera podía moverme.
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Cuando estaba haciendo la maestría en Estudios Culturales comencé a escribir en un blog. Gonzalo Portocarrero, que era uno de los coordinadores del programa recomendó mi página en la suya titulándola Luz en la oscuridad, y fue así que algunos de sus lectores se convirtieron en los míos y yo tuve un espacio para escribir sobre todo lo que descubría en mis clases, en mi análisis y en la insalvable distancia entre mi casa y mi nueva universidad.
Mi papá vivía en Ica desarrollando un proyecto agrícola inmenso que yo vi de cerca en sus años iniciales cuando compraron la primera hacienda. Tenía una casa con piscina a la que íbamos a pasar algunos fines de semana, pero no duró mucho porque mi papá la mandó a tapar, prohibió el ingreso a todos y nos advirtió que ese era un lugar de trabajo. Las pocas veces que fui a Ica con él, tocaba una campana a las cuatro de la mañana para recibir personalmente a quienes trabajaban en el campo. Era un apasionado de su trabajo y el encargo que él mismo se había puesto hizo que se pase casi dos décadas enteras trabajando de más. Yo solo lo veía eventualmente, en esa época vivía alejada de mi familia, criticaba lo que sea que viniera de él y me quejaba de prácticamente todo cuatro veces por semana desde un diván.
En ese tiempo, no sé cómo ni por qué, mi papá y yo terminamos almorzando juntos un martes cualquiera. Recuerdo con claridad su explicación de lo que estaba pasando en ese momento en el Callao: un grupo de estibadores había tomado el puerto pidiendo mejores condicionales laborales. El gobierno de turno no había logrado un acuerdo con ellos y el puerto tenía más de diez días parado. Contenedores enteros de productos se pudrían, empresas quebraban y ninguna importación o exportación podía tener lugar en el país. Fue entonces que me lo advirtió: no sabes lo que voy a hacer hoy en la noche, Talía.
Presté entonces atención a su noche y lo vi presentarse en un programa periodístico al que era invitado con frecuencia, esta vez para comentar del tema de los estibadores. No tuvo mejor idea que decir en televisión nacional que 600 malnacidos no tenían derecho a tomar un puerto que le pertenecía a 25 millones de peruanos. Y no contento con eso hizo una invitación abierta a quien quisiera unirse a él para ir a retomar el Puerto con sus propias armas.
Al día siguiente abrieron el puerto y eso coincidió con la inauguración del CADE de ese año. Evento que recibió a mi papá aplaudiéndolo de pie por varios minutos por sus declaraciones de la noche previa. No pasó lo mismo ni en los medios de comunicación que yo leía ni mucho menos en el círculo de personas con las que empezaba a escribir el libro de cultura política en la PUCP.
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Cuando mi mamá y yo fuimos tomadas de rehenes para que mi papá pudiera ir a sacar plata de la caja fuerte de su oficina, mi abuelo tenía cinco meses secuestrado por el MRTA. De hecho, era una época en la que mi papá se movilizaba armado y había sido capacitado por dos personas de inteligencia que vinieron desde Londres para gestionar la negociación del secuestro. Yo no sabía nada de esto, pero era claro que algo malo estaba sucediendo pues mi papá se afeitó la barba por primera vez y dejó de despertarme en las mañanas como lo había hecho desde siempre.
Estos hombres tiraron a mi papá en la maletera del carro, una camioneta grande y antigua que estaba pintada de rayas verdes y blancas. Cruzando la Ramiro Prialé le preguntaron en qué trabajaba, y eso fue un alivio para él pues supo que esto no estaba relacionado al tema de mi abuelo. Les respondió que tenía una agencia de seguridad y los guió a su oficina que en ese entonces quedaba en una casita en Lince. Cuenta él que manejó la situación de la transacción económica con cierta facilidad, pero una vez entregado el dinero lo volvieron a golpear para luego dejarlo tirado en una playa del sur, de la que tuvo que volver caminando.
En medio de ese retorno pensaba en sus hijos solos en la casa de Chosica. También en lo que hubieran podido hacer con su esposa y su hija. No supo nada de ninguno hasta el día siguiente, pero rompió en llanto al regresar a la casa y confirmar que todos estábamos vivos.
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Un tiempo después de mis años en la PUCP terminé el libro sobre el secuestro de mi abuelo. Algo de atención había generado y por eso recibí una llamada de una de las personas que estaba trabajando en lo que sería la muestra permanente del LUM.
Querían el testimonio de mi abuelo y yo, más que nadie de mi familia, lo quería en la muestra también. Proponían filmarlo contando lo que yo había recopilado en el libro para ser proyectado en una pantalla frente a la que cualquiera podría pararse, ponerse audífonos y escucharlo. El proyecto curatorial me parecía increíble, en un mismo espacio uno tendría acceso a testimonios de muchos peruanos, diferentes entre sí, pero habiendo sido víctimas de la misma violencia. Mi abuelo y su secuestro eran parte de una historia que sumada a muchas otras podrían representar el terror que de una manera u otra nos tocó vivir a todos los peruanos.
Pero mi abuelo tenía casi noventa años y ni podía estar parado mucho tiempo ni era fácil para él contar esa historia. Una cosa fue hacerlo de a pocos conmigo algunos años atrás y otra muy distinta era esto que le fui a plantear. Me pidió que lo converse con sus cuatro hijos, lo cual por supuesto generó todo tipo de reacciones.
Acordé una reunión entre la persona del LUM y mi papá, y fui espectadora de una conversación que luego he visto suceder miles de veces frente a mi: la de dos verdades igualmente ciertas que se contradicen y se enfrentan:
Eliana te presento a mi papá, Papá ella es Eliana Otta
P: Mucho gusto, Pepe Chlimper. Pasa por favor, te puedo invitar algo de tomar.
E: No gracias estoy bien.
P: Talía me ha contado que están pensando incluir el testimonio de mi papá en su muestra, cuéntame un poco más.
E: Bueno sí, toda la idea del LUM es contar la historia de los años de violencia en el país y de todo lo que fue el conflicto armado justamente porque creemos que lo que se olvida se repite.
P: Cuando dices años de violencia te estás refiriendo a los años de terrorismo en los que más de 70 mil peruanos fueron asesinados a sangre fría por Sendero Luminoso y el MRTA, ¿no?.
E: Bueno sí.
P: Hay que llamar las cosas por su nombre, nada de conflicto, eso que vivimos fue terrorismo.
E: Bueno nosotros estamos basando la muestra en el informe que hizo la Comisión de la Verdad y Reconciliación y nuestra idea es juntar a distintas víctimas del conflicto armado interno y hacer videos con sus testimonios.
T: La curaduría es muy interesante Pa, yo he estado en una muestra así en Berlín sobre el Holocausto y escuchar el testimonio de quien lo ha vivido te pone en contacto directo con la experiencia.
No habían pasado ni diez minutos y a mi me venía quedando bastante claro que Eliana estaba pensando que mi papá era un fujimorista obtuso y mi papá estaba arrepintiéndose del momento en que accedió a la reunión pues yo le había traído a alguna amiga de la PUCP que nada sabía de lo que había sido el terrorismo en el Perú.
P: Mira -dirigiéndose a Eliana- mi papá acaba de cumplir 90 años, él no puede decir de largo todo lo que pasó, imagino que has leído el libro de Talía. Yo no lo quiero complicar, y de hecho esto que propones también lo van a tener que aprobar mis hermanos.
E: Claro entiendo, Talía me ha contado.
P: ¿Te puedo preguntar qué otras personas estarían en la muestra permanente?
E: En este momento solo tenemos una lista amplia y la corta se está definiendo, así como lo estamos haciendo con ustedes. A nosotros nos interesa mostrar la pluralidad de voces víctimas, pues claro ha estado Sendero, el MRTA, pero también la violencia de Estado, los grupos militares que son responsables del 30% de las muertes que has mencionado.
P: En primer lugar, eso quién lo dice y con qué intereses, y, en segundo lugar, no es lo mismo la violencia terrorista que la de Estado como una respuesta a la primera buscando pacificar.
E: La idea es que el LUM reúna todas las voces del conflicto armado, yo se que usted tiene cierta afiliación política…
P: No, mi afiliación política no tiene que ver con esto. Yo solo estoy diciendo, porque lo he vivido en carne propia, que lo que tú llamas conflicto fue terrorismo… Quizá eres un poco joven para recordar lo que era el país hace quince años…
E: Y yo estoy diciendo que la violencia vino de todas partes.
P: ¿Y todas esas voces van a estar en el mismo espacio? El testimonio de mi papá no lo vas a poner al costado del de un terrorista, ¿no?
E: Eso no está definido todavía, es posible que las personas que formaron parte de los grupos terroristas estén en otro espacio. Quizá si podría estar al costado de la esposa de alguna de estas personas que haya quedado viuda o sin esposo porque hoy están en la cárcel.
P: Mira yo te digo de entrada que mi papá no va a estar ni siquiera en el mismo piso de un terrorista o de nadie que haya contribuido al infierno que fue su encierro para él y para toda nuestra familia. En todo caso te pediría que me hagas llegar un documento un poco más formal donde se detalle lo referente a la muestra y a todo lo demás y, según eso, yo podré emitir una opinión y mi papá decidirá si participa o no.
Quedaron en eso, al despedirse mi papá le recordó una vez más llamar a las cosas por su nombre. Más allá de la amabilidad, para mi fue evidente que eran dos personas llenas de preconcepciones sin espacio para escucharse. La complejidad acompañada de tanto dolor genera certezas que dejan de lado las otras versiones, también ciertas de la realidad. La idea de incorporar a mi abuelo en la muestra permanente del LUM se terminó antes de empezar. Yo traté de convencer a mi papá, de mostrarle el gigantesco valor que tendría el testimonio en ese espacio, pero se me hizo imposible. Quizá también, una parte de mi entendía su rabia. Una parte de mi que -como él- pasó la noche secuestrada y aterrorizada, y que años más tarde lo escuchó diciendo mátalo y tíralo a una acequia, para romper en llanto al colgar, en esos casetes de las negociaciones del secuestro de su papá.
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A inicios del año 2008 fui a una charla informativa del nuevo programa de maestría de estudios culturales en la PUCP. Ese día conocí a Víctor Vich. Quedé absolutamente tomada por cada cosa que dijo y la forma absolutamente convencida en la que lo hizo. Saliendo de ahí le escribí un mail preguntándole si podía ser alumna libre de los cursos, me dijo que sí y me sugirió hablar con los otros profesores que dictarían en el primer ciclo. Fue así que me reuní también con Juan Carlos Ubillúz y Gonzalo Portocarrero. A pesar de mis enormes ganas de matricularme formalmente, no tenía cómo pagarlo, menos aún si acababa de terminar la maestría en psicoanálisis.
Pronto me volví alumna libre en todos los cursos e iba a la universidad cada tarde de 6 a 10 de la noche. Quería formalizarlo así que dejando de lado todas mis diferencias con mi papá fui a preguntarle si me podía pagar una segunda maestría. Por su puesto me dijo que no. Pero insistí, le expliqué lo que había sentido escuchando a Víctor y me ofreció pagar una parte. Yo tenía 23 años, vivía sola desde los 20 y ganaba muy poco. Pienso que con lo mal que nos llevábamos en esa época, los dos hicimos un esfuerzo: yo en insistir con mi pedido y él en aceptar. Fue así que, con su ayuda, totalmente fuera de fecha y peleándome con toda la burocracia de la universidad, logré matricularme en el programa.
Desde que entré me enamoré de todos los cursos, fui invitada a escribir con los profesores y pasé varios años haciendo seminarios y un libro de cine donde analizamos todo lo que había producido Hollywood desde la caída del muro de Berlín en adelante. Eso supuso juntarnos a ver películas varias veces por semana durante largo tiempo. También reunirnos a escribir de modo colectivo para ese libro y para ir corrigiendo lo que tenía que ver con mi tesis, que había ganado un premio por ser uno de los mejores proyectos de investigación de los programas de posgrado de la universidad.
Víctor era mi asesor, con él revisaba la estructura y el contenido de mi tesis sobre la función de los blogs políticos y autobiográficos en el Perú. No había conflicto alguno entre nosotros: éramos amigos, veíamos cine, íbamos a ver jugar a Alianza al estadio y yo me sentía siempre muy agradecida por todo lo que me enseñaba.
En alguna de nuestras extensas conversaciones le conté mi idea de hacer un libro sobre el secuestro de mi abuelo y le regalé una copia del testimonio que había salido publicado en los libros del Umbral del Milenio. Él, como cualquiera, quedó impresionado con el texto y me hizo saber que era un testimonio importante a ser pensado.
El tiempo pasó, la maestría terminó y Víctor y yo dejamos de vernos con tanta frecuencia. Pero un día me escribió enviándome un artículo suyo titulado “Testimonio otro: un empresario ante la violencia política”, donde hizo un análisis del texto que un tiempo atrás yo había compartido con él. Una narración en la que daba su lugar al horror que vivió mi abuelo, pero solo como preámbulo para decir que las fantasías que tuvo mientras estaba encerrado no presentaban ningún espacio de introspección o de pregunta por la propia vida. Lo que mi abuelo fantaseaba desde su cajón para poder sobrevivir no afrontaba -según él- ni cuentas pendientes con la historia, ni mucho menos producía integrrogantes sobre el país y la sociedad en general. Para Victor, el testimonio del secuestro de mi abuelo resumido en cuatro páginas para un congreso, no fue más que la narración de un drama meramente personal que terminó con el fin de su cutiverio. El artículo termina sugiriendo que las clases altas altas de nuestro país no habían reflexionado verdaremente sobre su rol en el conflicto armado pues parecía ser que este no les había dejado ninguna lección.
Respondí a su mail con el corazón roto. No podía creer que alguien pudiera analizar el testimonio de mi abuelo de esa manera, alguien que además era mi amigo y que sabía de mi amor infinito hacia él. Me hubiera gustado molestrame más, decirle que no tenía derecho, que hubiera esperado un borrador compartido antes de publicar, pero no dije mucho. Todo lo que había aprendido sobre análisis de texto estaba ahí. Mis cursos y la forma “correcta” que yo creía que tenían de leer y criticar la realidad, el estilo frontal e inteligente de argumentar que había aprendido con ellos estaban en ese artículo, pero esta vez usado para restarle valor a lo que yo siempre había sentido como heróico. Esta vez, haciendo una lectura parcial e incompleta de mi abuelo que yo sentía, además, como profundamente injusta.
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Al mes de estar secuestrado contraje una sarna que me tomó toda la parte del pecho y la espalda y que era muy dolorosa. Asimismo, contraje hongos en toda la parte de los genitales y las piernas, donde se me producían grietas en los pliegues que también se infectaron. Simultáneamente tuve un brote de herpes en la nalga izquierda que me duró más de un mes y medio y que también se infectó. Además, me supuraba el oído izquierdo y se me cayó la tapadura de una muela, lo que me obligó a tener que comer por el otro cachete pues nunca tuve la esperanza de poder solucionar ese problema mientras estuviera secuestrado. En una celda como la que tenía, mi sufrimiento físico era insoportable y eso me llevó a un extremo de buscar suicidarme en tres momentos diferentes.
Siguieron pasando los días, las semanas, los meses, y aunque algunos de mis padecimientos fueron mejorando, mi peso seguía disminuyendo, mis energías se agotaron, me convertí en hueso y pellejo, adelgacé cerca de 20 kilos y terminé pasando cinco meses inmóvil tirado en una cama desnudo, sin afeitarme y desaseado completamente. Me convertí en un animal. Mi cajón estaba lleno de cucarachas, de arañas y de pequeños animalitos que salían de la madera y todo el día me la pasaba con una talquera matándolos contra la pared, siendo ese mi único entretenimiento. Con el papel higiénico las iba recogiendo y las botaba en una pequeña bolsa de basura. Si al comienzo me producían un asco repugnante, poco a poco me fui acostumbrando a convivir con ellas. Mi cajón era nauseabundo. Yo no lo terminaba de percibir así pero cada vez que abrían la puerta para lanzarme la comida veía sus gestos de repulsión. Poco a poco me fui acostumbrando a todo: ¿cuántas veces me alcanzaron platos de sopa y al momento de entregarlos estornudaban encima y yo sin ninguna repugnancia me los comí después? ¿Cuántas veces vi caerse parte de mi comida al suelo para ver como ellos la recogían con la mano y yo sin ningún asco comía?. Nunca les reclamé nada, nunca me quejé.
Carlos me contaba que ellos estaban en el movimiento única y exclusivamente por la comida. Y cuando conversábamos sobre el MRTA él establecía una clara diferencia entre lo que eran ellos y lo que era Sendero Luminoso. Me explicaba que mientras Sendero era un movimiento anárquico que se dedicaba a destruir en forma salvaje todo lo que estuviera a su alcance con el objetivo de llegar al poder, el MRTA era un movimiento subversivo que buscaba subvertir el orden. Carlos pensaba que entre los políticos corruptos y los grupos de poder que existían en el Perú se roban todo el dinero y a la gente no le dejaban ni para comer. Me recalcó en muchas oportunidades que nosotros -los que pertenecemos a los grupos de poder- estábamos conscientes que en Lima había en ese momento por lo menos tres millones de personas que quién sabe lograban comer un plato de comida al día y que no hacíamos absolutamente nada por ellos. Yo le respondía que eso era responsabilidad del Gobierno, y él respondía que si nos vinculamos con el Gobierno para beneficio de nuestras empresas debíamos buscar también que los programas de apoyo social sean efectivos. Yo le explicaba lo que hacíamos desde nuestro trabajo y así entrábamos en conversaciones en las que él tenía un punto de vista y yo tenía otro pero siempre escuchándonos con mucho respeto.
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Juan Carlos Ubillúz y yo fuimos grandes amigos durante varios años. Teníamos una cosa platónica que alimentaba todo lo que hacíamos juntos: comprábamos películas en polvos azules para el proyecto del libro, íbamos a librerías, escribíamos juntos mientras veíamos el mundial de futbol y siempre terminábamos en algún bar después de las clases para seguir hablando de cine, de psicoanálisis lacaniano y de nuestras vidas que algunas veces se parecían.
Cuando hicimos el seminario de cine, se nos ocurrió que las ponencias vinieran acompañadas de fragmentos de las distintas películas de cada género. Pero era el año 2010 y no era tan fácil como ahora hacer videos. Traje entonces a Yoel, mi hermano menor que nos ayudó madrugada tras madrugada a preparar el material audiovisual de las ponencias que presentamos en distintos espacios.
Poco tiempo después llegaron las elecciones y con la segunda vuelta la esperable polarización del país. Yo estaba segura que si Keiko Fujimori ganaba mi papá tendría un cargo importante en el ejecutivo. Del otro lado estaba Ollanta Humala y su gran transformación que fue matizada por la hoja de ruta firmada por MVLL. Hoja que dicho sea de paso no fue necesaria porque el suyo terminó siendo un gobierno mediocre y corrupto más que, para bien o para mal, nada tuvo que ver con sus propuestas de campaña.
Pero en las peleas previas al balotaje, Ollanta Humala fue criticado por mi hermano Yoel desde su Facebook. Fue una publicación que generó infinitos comentarios a los que mi hermano y sus amigos respondían muy seguros de su forma de pensar. Era algo así como un versus de posturas políticas muy bien representadas por la Universidad del Pacífico y la PUCP. Yo, alejándome de mis filas, me sumé a la crítica de Humala.
Juan Carlos no dudó un solo segundo en atacarme. Me dijo públicamente que mi voz era la pura y simple repetición de los discursos hegemónicos, que era necesario pensar para opinar. Con esto me quedó claro que mi grupo de la PUCP, que defendía el respeto por la diferencia, no lo tenía en absoluto. Juan Carlos me humilló por expresar una forma de pensar distinta a la de él, y cuando le escribí molesta en privado, su respuesta solo me lo confirmó: me dijo que él había depositado demasiado en mi formación como para que a estas alturas yo viniera con una opinión tan disonante. Yo era pues una extensión de su pensamiento, y dejé de existir el día que paré de repetirlo.
Unos meses después, me llamaron de La Red Científica Peruana a preguntarme a qué dirección me enviarían la copia del libro de cine en el que había trabajado activamente por más de dos años. Mi nombre estaba perdido en medio de los demás autores, no había una sola mención a mi trabajo. Y yo, que había colaborado en el libro con mucho más textos y trabajo que la mayoría, no fui ni siquiera invitada a la presentación.
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En alguno de los intentos que hizo mi papá para llevarse bien conmigo durante la década que duró nuestro distanciamiento, me invitó a hacer un viaje con él. Era el año 2010, yo acababa de terminar la maestría de estudios culturales y mi participación eventual en los eventos familiares solía terminar en alguna discusión ideológica que servía, como siempre, más para pelear que para intercambiar.
Allan García, que había sido electo nuevamente presidente en el 2006, le había pedido a mi papá ser uno de los directores del BCR designados por el Ejecutivo y él aceptó. Si un presidente te pide que sirvas al país y tú estás en condiciones de hacerlo lo tienes que hacer, decía siempre.
Entramos a la sala de espera del aeropuerto y ahí nos encontramos con Julio Velarde, quien es hasta hoy el presidente del Banco. Nos sentamos en su mesa, pedimos algo de tomar y durante un buen rato los escuché hablar sobre temas financieros que yo no terminaba de entender. Estuve al margen de la conversación hasta que en un momento mi papá se fue a baño y Julio volteó curioso hacia mi:
J: Talía ¿te puedo hacer una pregunta?
T: Sí, claro
J: ¿De verdad vas a votar por Humala?
La pregunta me dio risa. Me imaginé a mi papá contándole asombrado que su hija iba a votar por Ollanta. Yo nunca había dicho en voz alta por quien pensaba votar, pero me pareció entendible que mi papá haya inferido algo así. Finalmente, cada vez que se discutía sobre algún tema político yo era la roja de mi casa, llena de discursos de izquierda que todos me peleaban. Unos meses después de ese encuentro llegaron las elecciones, yo tenía la mente igual de partida que el resto del país. No voté ni por Keiko ni por Humala, pero sí voté por mi papá.
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El 8 de agosto del 2016 me crucé con un texto de Víctor en Facebook con el que sentí absoluta coincidencia. Se llamaba Contra qué marchamos. Yo, que pare ese entonces había dejado ya de compartir nada que tuviera que ver con temas políticos, suscribí cada una de las ideas escritas en su texto.
Contra la desigualdad de género, contra la violencia física, contra esa masculinidad que insiste en controlar y legislar sobre el cuerpo de las mujeres, contra el egocentrismo de nosotros los hombres, contra los padres que abandonan y se desentienden de sus hijos, contra los homofóbicos, contra los congresistas que piensan que las mujeres no lubrican cuando son violadas, contra los cardenales del Opus Dei, contra esas políticas que piensan que un lavado vaginal lo soluciona todo, contra Alejandro Toledo como padre (y demás), contra todos los que se oponen a la ley de unión civil, contra los serenos municipales que se escandalizan de los besos públicos de dos personas del mismo sexo, contra los alcaldes que no capacitan a los serenos, contra los que reprimen la libertad sexual, contra la naturalización en la distribución injusta de tareas al interior de la familia, contra la prensa machista que se cree seria, contra los crímenes de odio, contra la trata de mujeres en las minas legales e ilegales, contra la falta de derechos laborales y los sueldos bajísimos de las empleadas domésticas en el Perú, contra los arquitectos yuppies que diseñan cuartos inhumanos para esas empleadas en edificios supuestamente “modernos”, contra la falta de coraje para levantar temas políticamente incómodos. Marchamos, muchos, contra una sociedad que nos ha socializado mal, contra nosotros mismos, contra eso que nos hemos vuelto y, a veces, no nos damos cuenta. Marchamos contra nuestro consciente y contra nuestro inconsciente. Marchamos por lo nuevo que queremos ser, por esa posibilidad que tenemos de convertirnos, todos juntos, en otra cosa.
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Keiko Fujimori perdió las elecciones, pero su alta votación en la primera vuelta le ganó una mayoría absurda en el poder legislativo. En julio del 2016 entró un nuevo grupo de congresistas con características similares a los que iban de salida y a los que luego los sustituirían: corruptos, sinvergüenzas y retrógrados. La bancada fujimorista sumada algunas otras similares salía en televisión haciendo algo en contra del país todos los días, y en medio de alguna de tantas crisis políticas, recibí nuevamente un correo de Víctor Vich.
Aunque ya no éramos amigos, yo había quedado en alguna de las listas de mails de la maestría donde a veces mandaba información sobre cursos, actividades académicas o, como sucedió esta vez, un link con un artículo suyo en el que decía que mi papá era nada más y nada menos que el responsable de ese Congreso, algo que él denominaba como “el nuevo terrorismo del Perú”.
Una vez más hubiera querido responderle con toda la rabia que me hizo sentir, preguntarle con qué autoridad podía afirmar algo tan terrible, también atacarlo y decirle que todas las veces que pudo tener un cargo público prefirió quedar como un asesor que le deja lo ejecutivo siempre a alguien más. Estaba molesta y dolida, pero no encontré palabras para decirle nada de eso, tampoco para responderle hablándole de mi papá, del tipo de persona que yo creo que es, tan distinta a lo que él afirmaba en su artículo. Pero la violencia de su texto hacia mi familia (una vez más) no me dejó ni siquiera tratar. Fue más fácil odiarlo, bloquear su mail y quedarme callada.
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Peter Cárdenas Shulte fue uno de los fundadores y altos mandos del MRTA. Se encargó de la logística y las finanzas del movimiento y fue, además, el ideólogo de las cárceles del pueblo, donde mi abuelo pasó 8 meses y un día. Cuando lo capturaron el 14 de abril de 1992, era el uno de los terroristas más buscados de América Latina. Lo condenaron a cadena perpetua, pero fue liberado tras solo 25 años porque su pena fue anulada y reemplazada por la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Cárdenas Shulte salió de la cárcel el 22 de setiembre del 2015 y se fue a vivir a Suecia, seguramente con el dinero de las cárceles del pueblo. Desde allá declaró su deseo de participar en la vida política del Perú cuando fuera necesario, incluso dejó abierta la posibilidad de candidatear. En ese año mi abuelo cumplía 93, tenía una vida tranquila y la sensación de haber llegado a sus últimos años sintiéndose satisfecho. Yo lo visitaba con frecuencia, estar con él era para mi como reencontrarme con todo lo bonito de la vida, pero ese día estaba incómodo, fastidiado. Almorzamos casi en silencio y cuando terminamos le agarré la mano y le dije dime pues. Tomó un respiro y me confesó que no soportaba las noticias, que tenía noches enteras sin dormir y que sentía que estaba nuevamente viviendo en su cajón.