Objetos de cuarentena

casa de madera y plantas

En el extremo de mi ducha, puesto entre dos colgadores de toallas, hay un cepillo de dientes rosado. Lo usó por única vez un chico con el que pasé algunas noches. Lo dejó ahí luego de una conversación que sucedió mientras yo me lavaba el pelo y él los dientes. Me hizo una broma tonta que generó el primero de infinitos ataques de risa entre nosotros. Ya pasaron varios meses desde esa mañana, ya cambió nuestra relación lo suficiente como para que yo bote el cepillo en lugar de mirarlo de reojo cada vez que me baño. Pero no lo hago, una parte de mi se resiste a creer que nunca más se vaya a volver a usar.

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Tengo un corazón de cerámica que dice Confía apoyado en una foto hermosa de mi hijo. Me lo hizo mi mejor amiga. Me lo regaló cuando empezó mi separación: un proceso de odio, violencia y locura que a pesar de todos mis esfuerzos no he logrado cerrar. A veces lo miro y me molesta. No encuentro en esta situación nada que combine con su simple belleza. Pero algunas otras veces lo miro y efectivamente confío. En mi, en la prevalencia de lo bueno sobre lo malo y en la vida de la vida, que está siempre sosteniendo a mi corazón.

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Mi separación consumió todos mis ahorros. Tuve que pagar deudas, abogados y una multitud de etcéteras muy lejana a los destinos originales pensados para ese dinero. Hice una casa desde cero, por teléfono y en medio de una pandemia. No encontré mayor placer en ese proceso, fueron compras en automático y sin mayor ilusión. Salvo por una excepción: compré un parlante que suena impresionantemente bien. Cuando lo veo en medio de la jungla que ha terminado siendo mi sala me da gusto habérmelo regalado. Y no solo porque no suelo arrepentirme de mis irresponsabilidades, también porque me recuerda una parte de mi que me cae bien. Esa que escuchando buena música y tomando una chela, no necesita de absolutamente nada más.

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