Escenas de cuarentena

Florero y flor de cerámica hechos por un niño

Una vez cada tres o cuatro días cargo a mi hijo en brazos, subo el volumen de lo que estoy escuchando y lo obligo a bailar conmigo. Al principio él se resiste, pero luego, cuando mi energía divertida lo levanta sin preguntarle, no le queda otra que sumarse. Cargado como un bebé que ya no es, me pongo a darle vueltas y más vueltas. Él deja caer su cabeza y se ríe a carcajadas. Yo canto esa canción de Depeche mode sintiendo que en ese momento se están fundando sus gustos musicales y que él, como yo, podrá decir que la música de su vida se la enseñó su mamá. Son solo unos segundos, no dura mucho, pero bailo con él una canción que he escuchado miles de veces antes, solo que esta vez la siento sin reparo alguno: all I ever wanted all I ever needed is here, in my arms…

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Todos los días de las últimas dos semanas, a las ocho en punto de la mañana, hago una clase de ejercicios por zoom. El primer mes de encierro miré con desprecio y con una copa en la mano a toda la pandemia de deportistas en las redes. Pero un día en el que se me pasó la mano con las ganas de quedarme en mi cama, terminé haciendo una clase y tomé la decisión de empezar mis días de esa manera. Son cincuenta minutos de una clase que no disfruto para nada. Pero estar bañada, cambiada y con un café en la mano a las 9:30am sintiendo cierta ilusión frente al día que empieza es algo que si no me lo debo a mí se lo debo a Samuel. Él no necesita ni deporte, ni bañarse, ni café para empezar el día con ganas. Quizá solo me necesita a mí con buenos ánimos. Eso me pesa y a veces me ahoga. Pero también me levanta, y me hace estar todos los días a las ocho en punto de la mañana, lista para mi clase por zoom.

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Cada noche, cuando empiezo a dormir a mi hijo de dos años, él me pide hacer una casa de almohadas. Nunca le basta con eso y hecha la casa me pide sus carritos o sus verduras. Me paro a traer lo que pide de su cuarto y el fastidio se me va cuando veo su emoción al llenar mi cama de cachivaches. Me dice mami entra, y yo entro, compro verduras en su mercado bajo mi edredón, nos inventamos que viene el lobo y la casa tarde o temprano se nos cae encima. Él se muere de la risa y yo tengo la certeza de que es feliz. Avanza la hora, le leo algunos cuentos y apago las luces. Le digo ya, a dormir! y él me pide mi mano y la pone sobre su cara, lo ha hecho así desde siempre. Mientras se va quedando dormido en medio de toda mi cama, llegan mis dos gatos. Entre ellos tres y las almohadas que pongo para que mi hijo no se caiga, me queda un discreto pedazo de cama en el que me acuesto sin poder moverme demasiado. No es muy cómoda, pero esa cama, llena de hijo, gatos y juguetes, se parece mucho a mí.

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