Limpiar la casa

El 6 de marzo del 2020 me fui de la que había sido mi casa por algo más de seis años. La relación con mi esposo terminó de desplomarse y ese día se convirtió en una secuencia interminable de escenas cargadas de violencia y de locura; escenas con las que tengo pesadillas hasta hoy. Fue el peor día de mi vida. Me se la fecha con exactitud porque luego estuvo escrita en incontables cartas notariales y demandas judiciales. Ese día, también, se identificó el primer caso de coronavirus en el Perú.

El departamento al que llegué estaba vacío. En la mudanza sólo pude llevarme un poco de ropa y unas cuantas plantas. Le pedí plata prestada a mi abuela y desde mi celular, mientras esperaba durante horas a que me revise un médico legista en el centro de Lima, hice una lista de 137 artículos en falabella.com. Compré desde colchones y sábanas hasta platos y un exprimidor de limones. Desde lámparas y vasos hasta juguetes y repisas para acomodarlos.

En esa casa a medio hacer pasamos la cuarentena mi hijo de dos años y yo. Fueron meses de refugio, de volver ese espacio nuestra nueva casa: regábamos las plantas, teníamos una pequeña piscina inflable en la sala, cocinábamos de todo, tocábamos las ollas a las ocho de la noche y hacíamos casas de almohadas y cojines. Aunque todo era terrible en esa época, entre nosotros había una excepción. Pero las escenas felices se terminaban cuando mi hijo dormía, en ese momento nos quedábamos solos mis terrores y yo.

El confinamiento generó un sin fin de cursos online y yo terminé matriculada en uno de escritura testimonial. Se llamaba Limpiar la casa, algo que claramente me tocaba hacer. No compartía lo que escribía porque me daba miedo, pero al menos lograba escribir sobre lo frágil y asustada que me sentía frente a la violencia -esta vez legal- de mi ex esposo. Tenía claro que lo que estaba viviendo sería reparado en un lugar muy distinto al Poder Judicial.

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