Sin anestesias
Empezaba el invierno del 2017 en Lima y yo estaba montando caballo cuando un volquete que arreglaba los desbordes de los huaicos tiró unas piedras haciendo una bulla terrible que asustó a mi caballo haciéndolo correr desbocadamente. No tenía cómo pararlo así que salté al piso y caí mal. Un tiempo después supe que me había fracturado mínimamente la pelvis, pero ese día, el dolor que se llevó mi atención fue el de la patada de caballo que me cayó en la cara al seguir galopando cuando yo ya estaba en el suelo.
Había todo un alboroto a mi alrededor porque el herraje me había abierto la nariz. Alguien decidió llevarme a la clínica. En el camino llamé a mi médico de toda la vida a preguntarle si podía bajar a emergencias pues necesitaría un par de puntos. Mi médico bajó, sí, pero no fueron un par de puntos, fueron cerca de setenta sumandos a un tabique doblemente roto y a unas placas de titanio que juntaron mi hueso malar con el resto de mi mandíbula.
Me hicieron una tomografía en la cabeza y otra más en la pelvis. Y fue saliendo de esos exámenes que lo presentí: agarré a un enfermero del brazo y le pedí que sumara a mi lista de análisis una prueba de embarazo, y con la cara cada vez más rota, hinchada y adolorida me hicieron saber que tenía ocho días embarazada.
Podrías ni haberte enterado de este embarazo, Talía -me decía uno de los doctores-. Tenemos que operarte ya mismo -me decía otro- si tu mandíbula termina de caerse eso no va a tener arreglo después. En el cuarto estaban varios doctores, mis papás y mi esposo. Él estaba sorprendido de que no nos felicitaran por nuestro futuro hijo. Qué evidente es ahora para mí las formas tan distintas que teníamos de transitar la vida. Mientras él se preocupaba de la ausencia de celebraciones yo, que para ese entonces estaba desfigurada y casi sin poder abrir los ojos, solo podía pensar en la tomografía de mi pelvis afectando alguna célula de la célula que empezaba a crecer dentro de mí. Mi papá me daba información de la máquina y de la cantidad de rayos que emitía, de lo imposible que era que mi bebé estuviera afectado por eso, pero yo ya había puesto “embarazo y tomografía” en google y estaba empezando a perder la capacidad de sostenerme.
La mía iba a ser una operación de ocho horas que debido a mi embarazo se redujo a tres. Había que hacer lo mínimo indispensable para que no se me desfigure irreversiblemente la cara, pero incluso así, existía una pequeña posibilidad de que la operación afectase al bebé. En medio de la discusión de cómo hacer, decidí hablar encima de todos y proponer que me operen sin anestesia. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo, pero lo supe cuando todos se quedaron callados. También cuando unas horas después entré a ese quirófano con la advertencia de que si no soportaba el dolor de las placas de titanio en mi cara tendrían que dormirme (y matar a mi bebé, pensaba yo).
Era entonces cuestión de soportar. Soportar la operación y el post operatorio de dos semanas en la cama de una clínica sin analgésicos, con la terrible angustia de pensar que había dañado a mi hijo. Cuatro meses de mi mente aterrada y sin ansiolíticos incapaz de celebrar un embarazo tan deseado del que todos hablaban con alegría a mi alrededor. Yo solo podía pensar en los antibióticos en mi vena, en las tomografías y en el golpe que fisuró mi pelvis. También en todos los problemas que tendría mi hijo y de los que yo no podría hacerme cargo, mucho menos con ese esposo a mi costado, que nunca entendió nada del terror que me habitó durante ese tiempo.
Poco a poco mis ojos empezaron a abrirse, mi cara a deshincharse y algo de sensibilidad recuperé en la boca a través de mis terapias. También fueron llegando los análisis y las ecografías que, contradiciendo la terrible crueldad que tuvo mi mente conmigo, anunciaron la llegada de un niño sano.