La prevalencia de la vida (en El Presente)
El cortometraje El presente [The present], basado en una tira cómica creada por el italiano Fabio Coala y llevado a la pantalla por el experto en animación Jacob Frey, es un film que cuenta la historia de un niño que recibe un inesperado regalo de parte de su mamá:
Además de los premios por la calidad de la animación, el corto ha recibido muchos aplausos que han puesto su acento en la aparente enseñanza de la historia: vale decir, en creer que las personas podemos decidir vivir el presente de la mejor manera posible. Una crítica que ciertamente coincide con la cada vez más popular “cultura de autoayuda” y con lo seductora que puede ser la idea de que querer es poder.
Pero ¿es acaso tan simple? ¿Ser feliz es solo cuestión de decidirlo? ¿O es que hay algo más que explique lo conmovedora que puede resultar para muchos esta historia?
Hacer una lectura simple y lineal del corto que se centre en su final feliz podría resultar limitado, pues su potencia se encuentra justamente en la posibilidad de identificarnos con los distintos personajes: con la mamá que no se deja vencer por la discapacidad de su hijo, con el niño furioso encerrado solo y a oscuras jugando un juego que solo le sirve para descargar la rabia que siente, con el cachorro que no pierde las ganas de jugar con su nuevo dueño y, finalmente, con el niño que logra encontrar en su regalo un motivo para salir de su casa y jugar con alguien más.
Esta sensación de identificación tiene que ver con el hecho de que -en mayor o menor medida- todas las personas hemos pasado por experiencias que nos han quitado algo, vivencias que nos han dejado el corazón un poco roto y que nos han alejado de nuestra capacidad de sentir ilusión. Todos nos hemos encontrado algunas veces como el niño en los minutos iniciales: molestos con la vida y sin reparar siquiera en las otras posibilidades que se encuentran a nuestro alrededor.
Aunque en el corto la discapacidad del niño es una realidad concreta, creo que es posible identificarse con ella porque todos tenemos aspectos de nosotros mismos que nos disgustan, que nos avergüenzan y que incluso nos hacen ver el mundo a través de eso que sentimos como una falta. Tanto el rechazo y la rabia que niño siente frente al cachorro al darse cuenta que le faltaba una mano, como la ilusión y la vitalidad que llegan con el final de la historia, son respuestas esperables y forman parte de la persona que es. No se está negando ni lo que le falta ni las respuestas emocionales negativas frente a eso: cuando el niño agarra sus muletas y sale al jardín a jugar, se está proponiendo la posibilidad de que prevalezca lo bueno aceptando la existencia de lo malo.
Por su puesto, el corto tiene que ser una síntesis de lo que en realidad es un proceso mucho más complejo de elaboración: solo a través de un trabajo que parta de aceptar aquello que nos falta, es que será posible que nuestras elecciones puedan hacerse desde la parte más vital y saludable que tenemos.